En un emotivo y doloroso episodio de la crisis migratoria que sacude a Estados Unidos, ocho niños de tres familias abordaron un vuelo desde el Aeropuerto Internacional de Miami con destino a Guatemala. Entre ellos hay tres ciudadanos estadounidenses, y la mayoría viajaba por primera vez en avión. El grupo, acompañado por voluntarios de la organización Guatemalan-Maya Center, busca reunirse con sus padres deportados o escapar del miedo a ser detenidos.

El drama de las familias separadas
Cristina, de 7 años, ingresó al aeropuerto tomando la mano de su hermana de 3 años y llevando un gigantesco oso de peluche. En sus zapatos, unas cuentas blancas rezaban “Dios es bueno”. La pequeña viaja hacia Guatemala junto a su madre, un hermano, dos hermanas y un sobrino, Ángel, de 1 año. Su padre y su hermano mayor fueron detenidos y deportados meses atrás. “Es desgarrador que los niños sean exiliados del único país que aman”, dijo Lindsay McElroy, organizadora del centro, visiblemente afectada.
El caso de Cristina es solo uno entre decenas. El Guatemalan-Maya Center, con sede en Lake Worth Beach, ha coordinado el viaje de docenas de niños a países como Colombia, El Salvador y Guatemala. La hermana mayor de Cristina, de 19 años, decidió quedarse en Estados Unidos para trabajar y enviar dinero a su familia. “Es difícil vivir, pagar el alquiler, todo”, confesó Magdalena, la madre, quien compró su propio boleto porque la organización no cubre vuelos para adultos.
El papel del Guatemalan-Maya Center
La organización, fundada en 1992 por el padre Frank O’Loughlin, ha sido un pilar para las familias inmigrantes. Además de gestionar documentos y boletos, los voluntarios prepararon mochilas con libros para colorear, crayones, carritos de juguete y peluches para mitigar el trauma del viaje. “Me importa que los pequeños tengan algo con qué lidiar con su trauma en el avión”, señaló Maria de la Guardia, voluntaria desde los inicios del centro.
Un ejemplo de la dedicación del centro es la pareja de chaperones Audra y Roger Obando. Audra, enfermera del Hospital Nicklaus Children’s, y Roger, paisajista, se ofrecieron como voluntarios por primera vez. “Como madre, creo que no existen los hijos de otros. Nuestro futuro está en cada niño y estos pequeños merecen mucho más de lo que nuestras políticas actuales les ofrecen”, escribió Audra tras el vuelo.
Despedidas desgarradoras
Uno de los momentos más conmovedores ocurrió con los hermanos Eitan, de 3 años, y Abel, de 6. Su madre fue deportada hace dos meses, y su padre, que trabaja con caballos, decidió quedarse para enviar dinero. Durante la despedida, el padre llevaba las mochilas de ambos niños, una decorada con tema espacial y otra con un auto de carreras. Al ser preguntado por un reportero de Telemundo si tenía miedo, respondió: “Mucho. Pero en ese miedo hay un deseo de dejarles algo para el futuro”.

El padre rompió en llanto cuando sus hijos ya no podían verlo. El padre O’Loughlin, en silla de ruedas, lo abrazó y también lloró. “Espero que esto no sea el final de su educación, sino el comienzo”, dijo el sacerdote entre lágrimas, preocupado porque en Guatemala la educación pública gratuita solo llega hasta sexto grado.
Un futuro incierto
Mientras la administración Trump continúa su campaña de deportación masiva, no existen cifras oficiales sobre cuántos niños —algunos ciudadanos estadounidenses— quedan atrás o abandonan el país. La historia de estos ocho niños es un reflejo de una crisis que no da tregua. “Se despiden de toda la familia y amigos que han conocido, de la educación que han recibido, y van a un lugar completamente desconocido”, resumió McElroy.
La comunidad de Miami observa con pesar cómo pequeños como Cristina, Angel, Eitan y Abel parten hacia un mañana lleno de incertidumbre, mientras organizaciones como el Guatemalan-Maya Center luchan por brindarles un poco de esperanza en medio de la tormenta migratoria.