Fundación Libertad: el club de los elegidos y el cinismo de Milei

La cena anual de la Fundación Libertad volvió a mostrar algo más que una reunión de empresarios, dirigentes y economistas afines al credo libertario: fue, una vez más, la escenografía perfecta de un ecosistema donde los mismos nombres se celebran entre sí, se premian entre sí y se validan entre sí, en una liturgia que a veces se parece más a una cofradía cerrada que a un verdadero ámbito de debate plural.

Formalmente, la Fundación se presenta como un centro de pensamiento liberal dedicado a promover las ideas de mercado, la reducción del Estado y la defensa de las libertades individuales. En los hechos, suele funcionar como una mesa de encuentro de sectores del poder económico y político que comparten una misma visión del país: menos Estado para la mayoría, pero siempre con lugares reservados para los habitués del sistema. No deja de llamar la atención que allí circulen premios, reconocimientos y homenajes entre los mismos apellidos de siempre; una especie de ceremonia de autolegitimación donde, quizá, si no se los entregaran entre ellos, difícilmente alguien más lo haría.

En ese escenario cómodo, casi doméstico, Javier Milei volvió a hacer lo que mejor sabe: hablarle a los convencidos. Recibió una distinción y aseguró que “las ideas de la libertad funcionan”, insistiendo en que “lo peor ya pasó” y que el ajuste “lo pagó la casta”, además de defender su rumbo económico y prometer una baja del riesgo país y de la inflación.

Sin embargo, la distancia entre el discurso y la realidad empieza a ser demasiado grande incluso para sus propios simpatizantes. Porque mientras se proclama enemigo de los privilegios, gobierna rodeado de una nueva casta, más pequeña pero no menos eficiente en el reparto de favores. Mientras denuncia a “la política” como un nido de corrupción, abraza sin demasiadas explicaciones a operadores de la vieja política que antes despreciaba. Mientras predica transparencia moral, todavía arrastra zonas grises que nunca terminaron de aclararse y episodios financieros que dejaron más preguntas que respuestas.

Su defensa cerrada de figuras como Manuel Adorni, convertido en la voz oficial de una administración que parece creer que gobernar es provocar, expone esa contradicción. El problema no es solo el tono, sino la naturalización del cinismo: transformar el ajuste en épica, el sufrimiento social en estadística y la soberbia en virtud de gestión.

Milei insiste en presentarse como un outsider, pero ya actúa como el más clásico de los dirigentes argentinos: premia lealtades, encubre torpezas propias y ajenas, y responde a toda crítica con una mezcla de furia y negación. El economista que prometía racionalidad terminó abrazado a una épica personalista donde cualquier dato incómodo se convierte en conspiración.

Hay algo particularmente inquietante en esa puesta en escena: la convicción absoluta con la que sostiene afirmaciones que chocan con la experiencia cotidiana de millones de argentinos. Cuando un presidente repite que todo mejora mientras la calle cuenta otra historia, ya no se trata solo de una estrategia comunicacional; empieza a parecer una peligrosa desconexión con la realidad.

Quizá por eso la cena de la Fundación Libertad no fue solamente un evento político. Fue una postal. La de un presidente aplaudido por un círculo que se escucha a sí mismo, se premia a sí mismo y se confirma a sí mismo que todo marcha bien. Afuera, mientras tanto, la Argentina real sigue esperando algo más que aplausos de alcahutes.

Y ahí está la verdadera contradicción de Milei: dice combatir los privilegios, pero parece cada vez más cómodo administrándolos.

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