Cada tanto, la política argentina necesita su pequeño acto de ilusionismo. Un truco de distracción. Una cortina de humo con suficiente carga épica como para que, aunque sea por unas horas, nadie mire la heladera vacía, la persiana baja del comercio del barrio o el recibo de la jubilación que parece una broma de mal gusto.
Esta semana, el número elegido fue uno de esos clásicos infalibles: la idea de que Estados Unidos podría “apoyar” a la Argentina en la recuperación de las Islas Malvinas.
Una versión tan seductora como improbable. Tan patriótica como sospechosamente conveniente.
Porque si hay algo que la historia diplomática enseña con una brutal claridad es que Washington no suele regalar gestos de soberanía ajena cuando hay intereses propios en juego. Y menos todavía cuando del otro lado está el Reino Unido, su socio estratégico, militar y geopolítico desde hace más de medio siglo. Pensar que la Casa Blanca va a levantarse una mañana diciendo “hemos decidido incomodar a Londres por pedido de Buenos Aires” requiere más fe que análisis internacional.
Pero Javier Milei parece cómodo en ese terreno: el de la fe. La fe en Donald Trump, la fe en Elon Musk, la fe en el mercado como religión y ahora, aparentemente, la fe en que Estados Unidos será una especie de padrino dispuesto a corregir la historia colonial del Atlántico Sur.
Un liberal libertario esperando solidaridad soberana de la principal potencia mundial. Casi un poema de realismo mágico.
Por supuesto, nadie confirmó seriamente semejante respaldo. No hay señales concretas, no hay documentos relevantes, no hay giro diplomático verificable. Apenas declaraciones, rumores y ese perfume conocido de operación comunicacional que en Argentina suele venderse como “trascendido de alto nivel”.
Dicho de otro modo: podría tratarse de una fake news con moño celeste y blanco.
Y si lo fuera, tampoco sería extraño. El Gobierno necesita desesperadamente cambiar de tema.
Porque mientras se habla de Malvinas, se habla menos de la desocupación que crece en silencio, de la caída sostenida del consumo que ya no admite relato optimista, de los jubilados ajustados hasta el hueso, de las personas con discapacidad atrapadas en el escándalo de ANDIS y la incertidumbre sobre prestaciones básicas, de las polémicas que rodean a Adorni y su entorno político, del ruido persistente del caso Libra y de los incómodos préstamos a funcionarios que siguen dejando más preguntas que respuestas.
Demasiados frentes abiertos para una administración que prometía eficiencia suiza y terminó administrando sobresaltos criollos.
Entonces aparece Malvinas. Siempre Malvinas. La causa más sensible, más emocional y más difícil de discutir sin quedar del lado equivocado de la historia.
Es una maniobra inteligente, aunque a la vez bastante ridícula.
Porque nadie discute la legitimidad del reclamo argentino. Lo que se discute es la utilización oportunista de esa causa como decorado patriótico para tapar un presente social cada vez más áspero.
Milei no parece un estratega internacional; parece más bien un creyente tardío de que una foto simpática con Washington puede reemplazar décadas de política exterior seria. Como si la soberanía se negociara por likes ideológicos y no por intereses concretos.
Hay algo tristemente ingenuo en ese cálculo. Casi infantil.
Suponer que Estados Unidos va a ayudarnos a recuperar Malvinas porque el Presidente se declara su alumno favorito es como pensar que el FMI presta plata por cariño.
No funciona así. Nunca funcionó así.
Mientras tanto, la Argentina real sigue esperando respuestas menos épicas y más urgentes: trabajo, consumo, previsibilidad, medicamentos, dignidad.
Pero claro, eso no entra tan fácil en un titular heroico.
Y gobernar la realidad siempre fue bastante más difícil que administrar una fantasía. Una fantasía tan grande, patética y decepcionante como percibirse león, cuando siempre en el fondo se es un gatito.