En un acontecimiento de gran calado simbólico que no se repetía desde la intervención de la reina Isabel II en 1991, el monarca ha comparecido este martes ante una sesión conjunta del Congreso de los Estados Unidos.
La jornada comenzó con la bienvenida oficial de Mike Johnson, presidente de la Cámara de Representantes, quien describió la presencia del soberano británico en el Capitolio como un encuentro «histórico» que refuerza los lazos transatlánticos.
Esta intervención representa el eje central de una gira oficial de cuatro días por territorio estadounidense, en la que el monarca viaja acompañado por la reina Camila. La visita se produce en un escenario diplomático complejo, marcado por las diferencias entre ambas naciones respecto a la situación en Irán, y ha contado con la participación activa de Donald Trump, con quien el rey mantuvo una reunión bilateral en el Despacho Oval tras una ceremonia de bienvenida con honores militares.
Durante su alocución, Carlos III supo equilibrar la solemnidad del cargo con un característico toque de humor británico. El monarca subrayó que, aunque ambos países no siempre coinciden en un primer momento, siempre terminan hallando el consenso necesario para el beneficio de sus pueblos. En este sentido, recurrió a una célebre cita de Oscar Wilde para bromear sobre cómo ambas naciones comparten prácticamente todo «excepto, por supuesto, el idioma», un gesto que sirvió para relajar el tono antes de rendir un emotivo tributo a su madre y recordar su histórico discurso ante la misma cámara hace tres décadas.
El discurso también abordó con firmeza la realidad geopolítica actual. El soberano hizo hincapié en la necesidad de mantener la unidad frente a los desafíos que plantean los conflictos en Europa y Oriente Medio. Asimismo, aprovechó el estrado para condenar de forma tajante el reciente intento de atentado contra el presidente Trump, calificándolo como un ataque directo contra el liderazgo de la nación y un intento de sembrar el miedo y la discordia en la sociedad.
En el plano más personal, Carlos III sorprendió al referirse a su fe cristiana como un pilar fundamental y una inspiración diaria, aunque matizó que su visión incluye el respeto y la valoración de personas de todas las creencias o de aquellas que no profesan ninguna. Al cierre de su intervención, invocó el legado de Abraham Lincoln y su histórico discurso de Gettysburg para recordar que, más allá de las palabras, lo que perdurará será la acción conjunta en defensa de la democracia. Tras concluir su participación con un deseo de bendición para ambos países, el monarca se preparó para asistir a una cena de Estado organizada en su honor.