Con jubilados reclamando, familias pasando hambre y argentinos revolviendo basura, el Gobierno argentino manda ayuda a Bolivia mientras abandona la crisis social puertas adentro
En una Argentina donde millones de personas hacen malabares para llegar a fin de mes, donde los jubilados eligen entre comprar medicamentos o comer, donde crecen los despidos, los cierres de comercios y las familias que recurren a comedores comunitarios, el presidente Javier Milei decidió enviar dos aviones Hércules con ayuda humanitaria a Bolivia.
La escena, presentada oficialmente como un gesto de solidaridad internacional, abre inevitablemente una pregunta incómoda: ¿cómo puede un gobierno que ajusta brutalmente a su propio pueblo encontrar recursos para asistir a otro país mientras en su territorio aumenta la pobreza y el hambre?
Porque la Argentina real está lejos del relato libertario de la “recuperación económica”. La calle muestra otra cosa. Basta caminar por cualquier ciudad del país para ver personas revolviendo basura, trabajadores precarizados, jubilados marchando cada semana frente al Congreso y una clase media que se desaparece. Los comedores sociales vuelven a llenarse y las organizaciones barriales denuncian que la demanda alimentaria crece mientras el Estado se retira.
En ese contexto, la decisión de Milei de mandar ayuda al exterior no parece un acto humanitario desinteresado. Parece, más bien, una postal política destinada a construir alineamientos ideológicos en la región mientras Argentina se incendia.
La contradicción es brutal: el mismo gobierno que recorta medicamentos a jubilados, paraliza obras públicas y elimina asistencia social, encuentra logística militar y recursos para enviar ayuda fuera del país. Primero mirar adentro, después ayudar afuera. Esa debería ser la prioridad de cualquier presidente que pretenda representar a su pueblo.
Pero además hay otro elemento que empieza a emerger en América Latina: el desgaste acelerado de los proyectos de ultraderecha. Lo que sucede hoy en Bolivia es un síntoma regional. El aumento de combustibles, la presión sobre los alimentos y el deterioro social están generando una reacción popular cada vez más fuerte. El pueblo empieza a rebelarse frente a modelos económicos que prometían libertad y terminan produciendo ajuste, desigualdad y enojo social.
En Chile ocurre algo similar. El nuevo gobierno de derecha enfrenta crecientes cuestionamientos y un malestar social que recuerda que las recetas extremas de mercado rara vez logran estabilidad duradera en países con profundas desigualdades estructurales.
Ese efecto dominó puede llegar a la Argentina más temprano que tarde. Porque los indicadores macroeconómicos pueden servir para discursos financieros, pero no llenan la heladera. Y ningún relato de “déficit cero” puede sostenerse indefinidamente cuando la sociedad siente que vive peor cada mes.
Mientras tanto, otros modelos regionales muestran señales distintas. Brasil, bajo el liderazgo de Lula da Silva, sostiene una agenda más enfocada en la producción, el empleo y la inclusión social. Con tensiones y dificultades, sí, pero con indicadores laborales y económicos que muestran recuperación y crecimiento del mercado interno. Allí el Estado interviene para amortiguar desigualdades; en la Argentina de Milei, el Estado parece haber decidido abandonar esa función.
La ayuda humanitaria siempre es valiosa cuando responde a tragedias reales. Pero la solidaridad empieza por casa. Y hoy la casa argentina tiene hambre, angustia y bronca.
Mandar Hércules a Bolivia mientras los argentinos se hunden no es solamente una decisión política desacertada. Es una imagen perfecta de un gobierno que parece mirar más sus alianzas ideológicas que las necesidades urgentes de su propio pueblo.