Antes de la gloria, los balones de oro y las tardes de sol en Florida, hubo un hombre que cruzó el océano para salvar el sueño de su hijo. A los 68 años murió Jorge Messi, el arquitecto silencioso detrás del mejor de todos los tiempos
Nos acostumbramos tanto a verlo como un superhéroe de carne y hueso sonriendo en nuestra ciudad, que a veces se nos olvida que Lionel Messi es, antes que nada, el hijo de alguien. Hoy, ese superhéroe está roto. La mañana nos golpeó con una noticia que nos encoge el corazón a todos los que alguna vez nos emocionamos con la zurda del ’10’: falleció Jorge Messi. El hombre de los silencios, la sombra protectora, su papá.
Si hoy tenemos el privilegio de subir a nuestros hijos al auto para ir a ver jugar al mejor de la historia acá, a la vuelta de la esquina, es porque hace más de dos décadas un trabajador rosarino tomó la decisión más aterradora y valiente de su vida. Hay que tener mucho coraje —o una desesperación inmensa alimentada por el amor— para dejar tu barrio, tus costumbres y tu familia, armar unas pocas valijas y llevarte a un nene chiquito y asustado a España.
Jorge no se subió a ese avión buscando fama ni lujos. Fue a buscar unas ampollas de hormonas del crecimiento que nadie en Argentina le quería pagar. Póngase por un segundo en los zapatos de ese padre, sintiendo la angustia de ver cómo el talento sobrenatural de su pibito chocaba contra la pared de un cuerpo que no podía crecer. Jorge le puso el pecho a esa angustia. Fue a tocar puertas a Europa, agachó la cabeza cuando se las cerraron y no se movió de Cataluña hasta que le prometieron que las piernas de su hijo iban a recibir lo que necesitaban.
Cualquier padre daría la vida por su hijo, es cierto. Pero Jorge le dio a Lionel una vida entera.
Con el tiempo, el nene creció y se comió al mundo. Y el padre tuvo que mutar. Dejó de ser solo el tipo que lo miraba desde el borde de la cancha para convertirse en su escudo humano. Se vistió de representante, sí, pero su verdadero trabajo siempre fue ser el pararrayos. Él recibía las críticas feroces, él tragaba veneno en las oficinas, él era el malo de la película en las negociaciones para que Leo pudiera seguir siendo simplemente ese chico al que solo le importaba jugar a la pelota. Él se encargó de la crudeza del mundo real para que su hijo pudiera dedicarse a fabricar magia.
Hoy Miami amanece un poco más gris. Se fue el hombre que lloró desgarrado en el palco de Lusail viendo cómo ese nene, al que le inyectaba las piernas en las noches frías de Rosario, por fin tocaba el cielo con las manos y levantaba la Copa del Mundo.
Cumplió su misión. Vio a su hijo tocar la gloria máxima, lo vio sufrir, lo vio levantarse y, finalmente, lo vio encontrar la paz y la sonrisa de nuevo en nuestra ciudad.
Desde este rincón de la Florida que lo adoptó, hoy no nos importa el ídolo, las entradas vendidas ni los goles. Hoy nos importa el pibe que llora a su papá. Buen viaje, Jorge. Y fuerza, Leo: tu viejo ya no te mira desde el palco, pero te dejó las alas listas para que sigas volando solo.