Decenas de miles de palestinos enfrentan una crisis alimentaria sin precedentes, con escenas desgarradoras de desesperación en las cocinas comunitarias y cientos de muertes reportadas en la búsqueda de ayuda
La Franja de Gaza se ha transformado en un escenario de pesadilla donde el hambre es tan letal como los bombardeos. Imágenes impactantes muestran a hombres, mujeres y niños clamando por comida, con ollas vacías y rostros que reflejan la cruda realidad de una población asediada. En cocinas comunitarias improvisadas, la gente se apiña, extendiendo sus manos en busca de una ración que a menudo no llega. La desesperación es palpable; Ghazi Alyan, un joven desplazado de Jabalia, personifica el dolor de muchos: «No quiero comer yo, pero que al menos coman los niños. ¿Qué culpa tiene un bebé de cuatro meses?». Testimonios como el suyo se multiplican, revelando la angustia de padres que no pueden alimentar a sus hijos, mientras la escasez de alimentos se agrava día tras día.
La catástrofe humanitaria se profundiza con cifras alarmantes. Más de medio millón de personas, según organismos internacionales, padecen niveles extremos de inseguridad alimentaria. La ONU ha reportado que uno de cada diez niños menores de cinco años presenta signos de malnutrición, una condición casi inexistente antes del conflicto. Lo más desgarrador es el costo humano de esta desesperación: al menos 875 palestinos han muerto desde mayo intentando acceder a la ayuda alimentaria, con la mayoría de las muertes ocurriendo cerca de los puntos de distribución. Mientras las acusaciones sobre la responsabilidad de estas muertes vuelan entre las partes en conflicto, la realidad es que el pan se ha convertido en un lujo mortal en Gaza, y la población civil sigue atrapada en un ciclo de violencia y hambruna.