La nación del norte enfrenta una epidemia sin precedentes en décadas, triplicando los casos de EE.UU. y desvelando una preocupante fragilidad en sus defensas sanitarias, con los más vulnerables en la primera línea del contagio
Morgan Birch, una madre de Alberta, Canadá, se vio sumida en la angustia y la incredulidad cuando su hija de apenas cuatro meses, Kimie, enfermó repentinamente con fiebre y un sarpullido alarmante. Lo que al principio atribuyó a efectos secundarios de vacunas o incluso varicela, se convirtió en una cruda revelación cuando su abuela, con 78 años de experiencia, identificó sin dudar la enfermedad: «Es sarampión». La confirmación de laboratorio fue un golpe devastador para Birch, quien creía que esta enfermedad había sido erradicada. Kimie, probablemente contagiada tras una visita rutinaria a un hospital en Edmonton, es ahora parte de los más de 3.800 casos de sarampión registrados en Canadá en lo que va de 2025, una cifra que triplica la de Estados Unidos, a pesar de tener una población mucho menor. Este alarmante aumento posiciona a Canadá como el único país occidental entre los diez con más casos a nivel mundial, y a Alberta como el epicentro de propagación per cápita más alto de Norteamérica.
Este dramático repunte en Canadá, que no veía tantos casos de sarampión desde que la enfermedad fue declarada erradicada en 1998, plantea serias interrogantes sobre la eficacia de las políticas de salud pública y la creciente reticencia a la vacunación. A diferencia de EE.UU., donde figuras públicas como Robert F. Kennedy Jr. han alimentado la controversia, Canadá no tiene un «antivacunas» tan prominente, lo que sugiere factores más complejos. Expertos como Maxwell Smith, de la Universidad Western, señalan que el contexto canadiense añade «otra capa de complejidad». Las bajas tasas de vacunación, exacerbadas por la desinformación post-pandemia de COVID-19 y la desconfianza histórica de ciertas comunidades hacia el sistema de salud, son citadas como las principales causas. Un ejemplo es el brote originado en una comunidad menonita de Ontario, donde las creencias religiosas han mantenido las tasas de inmunización históricamente bajas. La historia de Kimie es un clamor urgente: «Mi bebé de cuatro meses no debería haber tenido sarampión en 2025», lamenta su madre, implorando a la sociedad que proteja a quienes no pueden protegerse a sí mismos.