Mientras el mundo sigue su curso, hoy nos detenemos para abrazar a quienes nos enseñaron a nombrar nuestros miedos y nos dieron el valor para enfrentar cualquier tormenta
A veces, las palabras sobran cuando el sentimiento es real. Aunque el Día de la Madre se reparte en distintas fechas según el país, hoy el calendario marca una pausa obligatoria en buena parte del mundo. Es un domingo donde el mapa se llena de gestos y llamadas que intentan decir lo que a veces callamos el resto del año.
No se trata de la fiesta, sino del refugio. Celebramos a la mujer que nos enseñó a mirar el mundo con curiosidad en lugar de temor, y a la que siempre supo convertir nuestras dudas en certezas. A esa persona que, con una sola mirada, es capaz de descifrar un silencio o calmar el ruido que llevamos por dentro.
Es emocionante ver cómo las distancias se acortan hoy. Da igual si es con un abrazo apretado en la mesa de siempre o a través de una pantalla que empaña los ojos; el fondo es el mismo: un «gracias» rotundo. Gracias por las noches en vela, por los consejos que el tiempo terminó confirmando y por ese amor que no sabe de condiciones ni de horarios.
Para las que están presentes, para las que guían desde el recuerdo y para las que cuidan con el alma: feliz día. Que el mayor regalo sea, simplemente, la suerte de tenerlas.