Es difícil encontrar las palabras para describir el nivel de surrealismo que estamos viviendo, pero lo que pasó este Primero de Mayo cruza una frontera peligrosa. El hombre que nos prometió que venía a rugir como un león, a romper las cadenas y a terminar con la casta, terminó convertido en un muñequito de Lego. Es el ridículo elevado a política de Estado. Mientras la Argentina real se cae a pedazos, con miles de familias que se quedan en la calle por los despidos que él mismo festeja, el Presidente se entretiene jugando a las animaciones digitales. Pasamos de la épica de la selva a la estética de una juguetería para nenes de cinco años.
Lo que resulta verdaderamente violento es el cinismo. Usar una estética infantil para saludar a los trabajadores en el momento de mayor desocupación de los últimos años es una bofetada a la inteligencia del pueblo. Para Milei, parece que gobernar es simplemente una cuestión de encastrar piezas en una pantalla. El problema es que los argentinos no somos de juguete, sufrimos, comemos y, sobre todo, nos quedamos sin trabajo por sus decisiones. Verlo ahí, con esa sonrisa pintada y rígida, da una sensación de desconexión que asusta.
Ya no se trata solo de una mala estrategia de comunicación; uno empieza a sospechar seriamente que el Presidente habita un plano de la realidad que no es el nuestro. Esa obsesión por los avatares, por las imágenes creadas con inteligencia artificial y por verse a sí mismo como un dibujito animado, habla de una psiquis que parece estar dándose a la fuga. Es como si su capacidad mental estuviera tan capturada por el algoritmo de las redes que ya no puede distinguir entre un meme y la miseria que genera. Milei se ríe desde su mundo de píxeles mientras el país llora cada nuevo telegrama de despido, mientras él sigue encerrado en un delirio donde es el único protagonista de una película que nadie más quiere ver.
Siga jugando con sus bloquecitos en el rincón de su realidad alterada Presidente, pero sepa que mientras usted busca dónde encastra su próximo delirio místico-digital, la Argentina se desangra afuera de su caja de juguetes, esperando que el próximo brote de su insoportable locura no termine de demoler lo poco que queda en pie.