ARGENTINA Y LA FAKE NEWS QUE EXPUSO UNA CRISIS MÁS PROFUNDA EN LOS MEDIOS

Por Isabela Figueroa

Lo ocurrido con la falsa noticia sobre la supuesta muerte de Jorge Messi no fue solamente un error periodístico. Fue la demostración más visible de una crisis que desde hace años atraviesa a gran parte de los medios tradicionales, digitales y plataformas de streaming.

Todo comenzó cuando al aire se anunció como un hecho consumado el fallecimiento del padre de Lionel Messi. La información era falsa. Minutos después llegaron las desmentidas, los pedidos de disculpas, los comunicados oficiales, las sanciones internas y las renuncias. Pero para entonces el daño ya estaba hecho.

La familia Messi tuvo que salir públicamente a aclarar la situación y a pedir respeto en medio de una circunstancia de salud delicada que atravesaba de manera privada. El malestar fue inmediato y se extendió mucho más allá del entorno familiar. En el ambiente futbolístico, en el periodismo y entre miles de personas surgió la misma pregunta: ¿cómo pudo llegar al aire una noticia de semejante gravedad sin haber sido verificada?

La respuesta es incómoda.

Durante décadas el periodismo construyó una serie de reglas básicas que no surgieron por capricho. Verificar antes de informar. Confirmar con más de una fuente. Dudar cuando una noticia parece demasiado impactante. Frenar la publicación si existen dudas razonables. Son principios elementales que existen precisamente para evitar tragedias como esta.

Sin embargo, en los últimos años muchos medios comenzaron a reemplazar esos criterios por otros muy distintos. La velocidad pasó a ser más importante que la precisión. El impacto pasó a valer más que la verdad. La viralización pasó a tener más peso que la responsabilidad.

Y en ese contexto apareció otro problema todavía más profundo: la desvalorización del oficio periodístico.

Cada vez son más frecuentes los espacios de comunicación donde se les entrega micrófonos, cámaras y programas completos a personas que jamás estudiaron periodismo, nunca trabajaron en una redacción, no conocen los procesos de verificación ni entienden las responsabilidades que implica informar.

No se trata de discriminar a actores, influencers, conductores, artistas o figuras públicas. Cualquiera puede comunicar. Lo que no cualquiera puede hacer es ejercer tareas periodísticas sin preparación, sin conocimiento y sin controles profesionales.

Cuando alguien informa sobre la muerte de una persona, sobre una enfermedad, sobre una denuncia o sobre un hecho sensible, deja de ser simplemente un conductor o un influencer. En ese momento está haciendo periodismo y debe responder con los mismos estándares que cualquier periodista.

La crítica también debe dirigirse a quienes toman las decisiones empresariales.

Muchos responsables de medios han convertido la contratación de personal en un sistema donde pesan más el amiguismo, la conveniencia política, los acuerdos comerciales, la popularidad en redes o las oportunidades de negocio que la capacidad profesional.

Se contrata porque alguien tiene seguidores.
Se contrata porque es famoso.
Se contrata porque genera clics.
Se contrata porque pertenece al círculo adecuado.

Mientras tanto, periodistas formados, con años de estudio, experiencia y trayectoria, quedan relegados o directamente excluidos.

Después, cuando ocurren errores graves, se busca un culpable individual. Pero la responsabilidad es mucho más amplia.

La responsabilidad alcanza a quien difundió la información.
A quien la produjo.
A quien la dio por cierta.
A quien no la verificó.
Y también a quienes construyeron estructuras donde la preparación profesional dejó de ser un requisito.

La información no es entretenimiento cuando afecta la vida de las personas.

Una noticia falsa sobre la muerte de alguien no es un simple blooper televisivo. No es una anécdota para redes sociales. No es un error menor.

Detrás hay familias angustiadas, personas afectadas, reputaciones dañadas y una confianza pública que se deteriora cada vez más.

Por eso este episodio debería servir como una advertencia.

No alcanza con pedir disculpas después.
No alcanza con desvincular responsables cuando el daño ya ocurrió.
No alcanza con emitir comunicados de crisis.

La verdadera discusión es otra: qué clase de comunicación queremos construir.

Si los medios continúan reemplazando formación por popularidad, experiencia por conveniencia y rigor por espectáculo, episodios como este volverán a repetirse.

Y cada vez que sucedan, no estará fracasando solamente una persona frente a una cámara.

Estará fracasando todo un sistema que olvidó que informar es una responsabilidad social y no simplemente una oportunidad para generar audiencia.

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