Isabela Figueroa, nuestra periodista en Buenos Aires, nos deja una interesante nota sobre la actualidad política de la República Argentina
Las aperturas de sesiones legislativas de 2026 en Argentina dejaron al descubierto una paradoja política profunda: mientras una fuerza disruptiva se consolida como ganadora en las urnas, el poder territorial decide organizarse para neutralizarla. El mensaje electoral fue claro en amplias regiones del país, especialmente en provincias clave como Córdoba. Sin embargo, la respuesta institucional no fue una lectura crítica del resultado, sino un reordenamiento del statu quo.
El avance de La Libertad Avanza expresó un rechazo masivo a las estructuras políticas tradicionales, a los pactos de poder y a una dirigencia percibida como desconectada de la sociedad. Lejos de interpelar ese fenómeno, los gobernadores optaron por cerrar filas.
En Santa Fe, el gobernador Maximiliano Pullaro inauguró el período legislativo con un discurso centrado en orden, autoridad del Estado y control del territorio. Seguridad, reformas institucionales y gestión eficiente fueron los ejes de una intervención sólida desde lo administrativo, pero significativa por sus silencios políticos y los graves conflictos con el levantamiento de las fuerzas policiales de esa provincia. No hubo referencia alguna al cambio expresado en las urnas ni al fenómeno libertario que reconfigura el mapa electoral argentino. Si, un mensaje crítico y duro para el oficialismo nacional.
En Córdoba, el gobernador Martín Llaryora avanzó aún más en los hechos. La apertura anticipada de sesiones y el fuerte alineamiento con intendentes funcionaron como acto fundacional de un ordenamiento político defensivo, orientado a garantizar gobernabilidad y continuidad del poder, incluso en una provincia donde el voto libertario fue ampliamente mayoritario.
Provincias Unidas: un frente contra el cambio debilitado

En este contexto se inscribe la creación del frente Provincias Unidas, impulsado por gobernadores de distintos signos pero con un objetivo común: preservar el control territorial y negociar en bloque frente al Gobierno nacional. Presentado como una defensa del federalismo, el espacio funciona, en los hechos, como un mecanismo de blindaje frente a un electorado que votó ruptura.
No se trata de una coalición programática ni de una síntesis ideológica. Es un acuerdo de poder. Gobernadores fuertes, intendentes alineados y baja tolerancia a la disrupción política. El voto libertario, lejos de ser incorporado al debate institucional, es administrado como una anomalía a contener.
Intendentes y reelección: la representación en segundo plano
El engranaje se completa con intendentes que gobiernan territorios donde ganó La Libertad Avanza, pero que priorizan acuerdos con los oficialismos provinciales para asegurar recursos, respaldo político y reelección. La conveniencia personal y la supervivencia del aparato pesan más que la voluntad expresada por los votantes.
El mensaje implícito es contundente: el voto no condiciona al poder territorial.
Una advertencia para la democracia
Gobernar ignorando al ganador de las urnas no es una omisión: es una decisión política. Minimizar el fenómeno libertario como protesta circunstancial y responder con más acuerdos cerrados, más disciplina interna y más silencios institucionales puede garantizar estabilidad en el corto plazo, pero erosiona la legitimidad democrática.
La experiencia comparada muestra que cuando los sistemas políticos se organizan para no cambiar, el cambio regresa por fuera de las instituciones, con mayor intensidad y menor paciencia social.
Las aperturas de sesiones 2026 mostraron gobernadores seguros de su control territorial. También dejaron expuesto algo más profundo y preocupante: una dirigencia que prefiere blindarse antes que escuchar al electorado. La pregunta ya no es si el voto libertario fue coyuntural. La pregunta es cuánto tiempo puede sostenerse un poder que gobierna negando al ganador de las urnas.
Isabela Figueroa para https://alritmodemiami.com/