Por Isabela Figueroa
En Argentina, la violencia no siempre es física. A veces se expresa en gestos, en palabras, en silencios. Pero sus consecuencias son igual de reales.
El caso de una abogada de Santiago del Estero lo dejó en evidencia. Pasó meses detenida en Brasil por un acto racista. Hace pocos días recuperó la libertad. Pero lejos de marcar un punto de inflexión, todo continuó: ya en el país, su padre repitió el mismo gesto que la llevó a prisión y el video se viralizó. Como si no alcanzara, ella misma publicó una foto comiendo una banana en redes sociales, en un mensaje que muchos leyeron como provocación.
No hubo aprendizaje. Hubo reafirmación.

En otro plano, pero dentro del mismo clima, una emisora de radio del interior cambió su nombre a “ADN…” tras una renuncia. Un gesto que, dejando de ser sutil, deja evidencia de una lógica de pertenencia excluyente: quién es “de adentro” y quién no.
Y finalmente, el golpe más duro. En Las Heras, una niña murió. Las hipótesis hablan de bullying, de acoso sostenido y hasta de posibles desafíos en redes que empujan a decisiones extremas. No hay certezas absolutas, pero sí una alarma conocida: el hostigamiento sigue siendo subestimado hasta que es tarde.
No son hechos aislados. Son síntomas.
En síntesis, en Argentina la intolerancia, el abuso, la descalificación y el bullying no están resueltos. Se repiten, se naturalizan y, en algunos casos, hasta se celebran.
La pregunta ya no es qué pasó.
¿La pregunta es cuánto más estamos dispuestos a tolerar?