En estos tiempos de austeridad proclamada, donde cada peso del erario público se analiza con lupa y se promete podar el gasto hasta dejarlo al ras, surge una anécdota que bien podría ser el guion de una comedia romántica con tintes tragicómicos. Imagínense: una pareja, envuelta en el aura de los altos círculos del poder, embarcándose en un periplo internacional que huele a champán y vistas panorámicas, todo cortesía de los contribuyentes argentinos. ¿No es acaso el sueño de cualquier enamorado? Una luna de miel extendida, donde el amor florece entre reuniones diplomáticas y vuelos presidenciales, sin que el bolsillo propio sufra el menor rasguño. Pero oh, ironía del destino, este idilio aéreo choca de frente con aquellas prédicas tan vehementes sobre el recorte implacable del gasto público. Recordemos esas declaraciones altisonantes, repetidas como un mantra en conferencias de prensa: «No más derroche, no más privilegios». Y en particular, aquella cruzada contra el uso de aviones oficiales para transportar a familiares de políticos, calificada como un abuso intolerable que debía erradicarse de raíz. ¿Cómo conciliar, entonces, esta escapada conyugal con la doctrina de la frugalidad? Es como predicar el ayuno mientras se devora un banquete: una contradicción que roza lo grotesco, envuelta en el velo de la «necesidad oficial». Los argentinos, esos involuntarios mecenas de romances palaciegos, podrían preguntarse si su sacrificio fiscal –ese que implica apretar el cinturón en tiempos de ajustes– no merecería un destino más prosaico, como reparar rutas o invertir en educación. En cambio, financia un capítulo de novela rosa donde el protagonista, un alto funcionario de impecable traje y retórica afilada, comparte cabina con su media naranja en la comitiva presidencial. ¿Es esto austeridad o simplemente un eufemismo para «viaje de placer disfrazado»? La sutileza radica en que, mientras se cortan fondos a programas sociales, se expande el presupuesto para estos «anexos sentimentales» que, casualmente, acompañan a las delegaciones. No se trata de envidia, queridos lectores, sino de coherencia. Si el mandato es «vivir con lo nuestro» y eliminar los excesos, ¿por qué no aplicar la tijera también a estas lunas de miel encubiertas? Tal vez porque, en el Olimpo del poder, las reglas se doblan como el viento en un vuelo transatlántico. Al final, este episodio no es más que un recordatorio ácido: en Argentina, el amor verdadero puede ser eterno, pero el dinero de los contribuyentes, lamentablemente, no.