Entre leyendas de mártires, poesía medieval y estrategias comerciales, el 14 de febrero se consolidó como una fecha universal que dice tanto sobre el amor como sobre la forma en que cada época decide celebrarlo
Cada 14 de febrero vuelve esa liturgia contemporánea que combina declaraciones sinceras, flores de ocasión y reservas hechas con más ilusión que previsión. El Día de San Valentín —o de los Enamorados y la Amistad— es una celebración que, más allá de las fronteras, pone en escena una mezcla curiosa de emoción genuina y ritual social.
El origen suele asociarse con la figura de San Valentín, un sacerdote del Imperio romano que, según la tradición, desafió la prohibición de casar a los jóvenes soldados y celebró uniones en secreto. La historia cuenta que, antes de morir, envió una nota firmada “de tu Valentín”. No hay pruebas concluyentes, pero el relato persistió porque ofrecía algo irresistible: un símbolo para el amor desafiante.
Mucho antes de que existieran las tarjetas, Roma celebraba las Lupercales, un festival pagano de fertilidad. En el siglo V, el papa Gelasius I buscó reemplazar esas festividades por una conmemoración cristiana, dando un primer paso hacia la institucionalización de la fecha.
El tono romántico llegó en la Edad Media. El poeta Geoffrey Chaucer vinculó el 14 de febrero con la elección de pareja en sus textos, ayudando a consolidar la idea del día como celebración del amor. Siglos después, la expansión de las tarjetas impresas y, más tarde, la cultura de consumo terminaron de convertir la jornada en un fenómeno planetario.
Hoy la fecha se vive de formas muy distintas según la cultura: cenas íntimas en grandes capitales, intercambios simbólicos en Asia, celebraciones de amistad en América Latina o simples gestos digitales en cualquier huso horario. Pero, pese a las diferencias, el patrón se repite: la necesidad de marcar en el calendario un momento para reconocer vínculos.
Tal vez esa sea la razón de su vigencia. Más que una imposición comercial o una tradición romántica pura, San Valentín funciona como un recordatorio colectivo de algo elemental: los afectos necesitan ser nombrados. El 14 de febrero no inventa el amor ni la amistad, pero ofrece una pausa compartida para mirarlos de frente. Y en un mundo acelerado, ese pequeño alto —aunque venga envuelto en marketing— sigue teniendo un valor difícil de ignorar.