No hay una sola forma de transitar en este mundo cuando se nace —o se elige ser— mujer. A veces, el calendario nos obliga a buscar una definición única, una estatua de bronce que sirva para el aplauso. Pero la vida es más terca, más impredecible y sobre todo, mucho más interesante. Ser mujer hoy no es un punto de llegada; es un equilibrio constante entre lo que se desea, lo que se debe y lo que se puede.
Las manos que sostienen el mundo
En la penumbra de una cocina que nunca duerme, la mujer ama de casa levanta el país entero sobre sus hombros. No sale en las noticias, pero su trabajo es el motor que permite que todo lo demás funcione. A su lado, la mujer profesional pelea una batalla distinta: la de demostrar el doble para valer lo mismo, mientras carga con el peso de no poder estar en dos lugares a la vez.
Y luego están las que caminan solas, pero con el paso firme. La madre soltera, que hace magia con el tiempo y el dinero para que a su hijo no le falte el futuro y la mujer soltera, que entendió que su felicidad no es un trámite que depende de otros. En ese mismo camino, habita el silencio valiente de la mujer que no puede ser madre. Ella nos enseña que la vida se da de muchas formas y que no hace falta un vientre para crear, para cuidar o para dejar una huella en este suelo.
Lo que no se dice, pero se siente
No podemos cerrar los ojos ante la mujer víctima de violencia. Ella no es una cifra en un informe; es una ser humano que intenta recuperar su voz en medio de un grito que no termina. Como también lo es la mujer privada de su libertad, que tras los muros de una celda intenta recordar quién era antes de que el error o la circunstancia le pusieran un número en el pecho.
En los rincones donde la sociedad prefiere no mirar, está la mujer que alquila su cuerpo por necesidad. No hay lugar para el juicio aquí, solo para la pregunta de cuántas puertas se le cerraron antes de que el hambre eligiera por ella. O la mujer trans, que nació con cuerpo de hombre pero tuvo la fuerza de ser fiel a su alma, enfrentándose a un mundo que todavía hoy, increíblemente castiga a quien se atreve a ser diferente.
El cuerpo como el primer territorio
La feminidad también se mide en el desgaste de la piel y en la resistencia del espíritu. Pienso en la mujer anciana, esa biblioteca que hoy a veces dejamos en un rincón, olvidando que somos apenas el fruto de un árbol que ella plantó con sus manos. O en la mujer enferma, que da su pelea en el silencio de una cama, demostrándonos que la fragilidad, cuando se lleva con dignidad, es la forma más alta de la valentía.
En la calle, conviven la trabajadora y la desocupada que son dos caras de una misma moneda en un mundo que todavía nos exige el doble por mucho menos. Incluso en la intimidad más profunda, la mujer escapa a cualquier molde que intentemos imponerle. Está la fiel por convicción y la infiel por búsqueda, por soledad o simplemente por el derecho humano a equivocarse. Porque entenderlas de verdad es aceptar que no son santas de madera ni figuras de mármol; son personas de carne y hueso buscando un poco de aire en medio del caos, intentando ser dueñas de su propio deseo y de su propia historia.
Un brindis por la verdad
Escribo estas líneas no para explicar a la mujer —tarea en la que el mundo ha fracasado durante siglos— sino para agradecer la complejidad de su presencia. Me detengo ante esa capacidad de ser incendio y témpano al mismo tiempo si se lo proponen; la que es fuerte pero se permite el llanto, la que es libre pero reconoce sus ataduras, y la que ama con todo aunque ya no espere nada. La que dejo de amar, pero se queda «por los hijos».
Como periodista, no encuentro mayor privilegio que observar este mapa de vidas rotas y reconstruidas. De victorias y fracasos. Este 8 de marzo, más que una felicitación, lo que hace falta es el reconocimiento de esa elegancia feroz con la que cada una de ustedes decide seguir existiendo. No busquen un homenaje en un ramo de flores; su verdadero triunfo es el asombro que generan en quienes, como yo, tenemos la suerte de contar su historia.