Por Isabela Figueroa
Hay viajes que se convierten en una experiencia inolvidable por los paisajes que ofrecen. Y hay otros que quedan grabados para siempre por las personas que aparecen en el camino.

El doctor Alfonso Minella, médico argentino oriundo de Los Surgentes, provincia de Córdoba, decidió sumarse a la travesía que conmemora los primeros cien años de la mítica Ruta 66, un recorrido de más de 3.500 kilómetros desde Chicago hasta Santa Mónica, atravesando el corazón de los Estados Unidos.

Entre los integrantes del contingente internacional, Minella era el único argentino. Sin embargo, antes incluso de poner primera sobre la legendaria “Mother Road”, el destino le tenía reservada una sorpresa que transformó el inicio del viaje en un momento profundamente emotivo.
En Chicago, punto de partida de la aventura, lo estaba esperando otro hijo de Los Surgentes: Marcelo Doffo, reconocido empresario, apasionado por el motociclismo y gran cultor del buen vino, quien viajó especialmente para recibir a un vecino al que la distancia no logró borrar de sus afectos.

Propietario de la prestigiosa Bodega Doffo, en California, Marcelo quiso que Alfonso y todo el grupo de viajeros comenzaran la experiencia con un gesto de amistad y hospitalidad. Compartieron una cálida cena, acompañada por exquisitos vinos y champagne de su propia producción, en un brindis donde los recuerdos del pueblo cordobés se mezclaron con las expectativas de la aventura que estaba por comenzar.

Las conversaciones giraron inevitablemente hacia Los Surgentes, sus calles, sus historias y sus personajes, demostrando que hay vínculos capaces de atravesar miles de kilómetros y permanecer intactos con el paso de los años.
Al día siguiente comenzaría el recorrido por la Ruta 66, atravesando Illinois, Missouri, Oklahoma, Texas, Nuevo México, Arizona y California, siguiendo las huellas de una carretera que cumple un siglo convertida en símbolo de libertad, aventura y descubrimiento.

Pero para Alfonso Minella, uno de los momentos más significativos de toda la travesía ocurrió incluso antes de recorrer el primer kilómetro. Fue ese abrazo con un vecino convertido en anfitrión, el reencuentro con alguien que comparte las mismas raíces y el mismo amor por el pueblo que ambos siguen llevando en el corazón.

Porque a veces, el viaje más importante no es el que une Chicago con Santa Mónica.
Es el que conecta, a miles de kilómetros de casa, con la emoción de volver a sentirse cerca de la propia tierra.
