Adiós a Taty Almeida: la Madre de Plaza de Mayo que convirtió el dolor en bandera de justicia
El 14 de junio de 2026 la Argentina despidió a Lidia Estela Mercedes Miy Uranga, cariñosamente conocida como «Taty» Almeida, una de las voces más lúcidas y valientes del movimiento de derechos humanos. Su fallecimiento deja un legado imborrable en la lucha por la memoria, la verdad y la justicia.

De un hogar castrense al grito en la plaza
Nacida el 28 de junio de 1930 en el barrio de Belgrano, Taty creció en un entorno profundamente militar: su padre fue oficial de Caballería, su hermano coronel y sus hermanas se casaron con oficiales de la Aeronáutica. Ella misma se unió a Jorge Almeida, un civil de convicciones antiperonistas. Juntos tuvieron tres hijos: Jorge, Alejandro y María Fabiana. Sin embargo, el destino la llevó por un camino impensado.
El 17 de junio de 1975, la noche que lo cambió todo
Con apenas 20 años, su hijo Alejandro, estudiante de Medicina y trabajador de Télam y del Instituto Geográfico Militar, salió de su casa con un “Esperame, ya vengo” que se transformó en desaparición forzada. Fue secuestrado por la Triple A, la organización paraestatal que anticipó el terrorismo de Estado. En los primeros momentos, Taty acudió a sus contactos militares, golpeando las puertas de figuras como Albano Harguindeguy o Leopoldo Galtieri, quienes le aseguraban que la culpa era de los peronistas. Pero el choque con la realidad fue inevitable.
El hallazgo de veinticuatro poemas manuscritos de Alejandro, escondidos en el fondo de una agenda, le reveló a su hijo como un joven con una profunda sensibilidad poética y militancia en el Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP). Aquellos versos, que luego verían la luz en el libro “Alejandro, por siempre… amor” (2008), fueron una bisagra. Taty solía repetir: “Yo siempre digo que estoy feliz de haber parido a mis tres hijos, pero que Alejandro me parió a mí; parió a esta Taty que salió de la nebulosa”
El nacimiento de una referente de los derechos humanos
En 1979, superando diferencias de clase y mandatos familiares, se unió a las Madres de Plaza de Mayo. Allí, con el pañuelo blanco anudado, encontró en la ronda colectiva la fuerza que la búsqueda individual no le daba. Desde entonces, se convirtió en una de las voces más respetadas de la Línea Fundadora, defendiendo siempre la legalidad, el juicio y el castigo a los genocidas sin revanchismo.
Su incansable trabajo fue reconocido en 2011 cuando la Legislatura porteña la declaró Personalidad Destacada de los Derechos Humanos.
Un legado que trasciende generaciones
Madre y abuela de seis nietos, Taty dedicó sus últimos años a tender puentes con las juventudes militantes, convencida de que la memoria debía tomar la posta. Su sonrisa cálida y su firmeza ética dejan un vacío enorme, pero también una hoja de ruta para las nuevas generaciones que seguirán rondando los jueves en la Plaza de Mayo.
La partida de Taty Almeida no apaga su luz: la enciende en la memoria colectiva de un país que no olvida.