Acorralado por la Justicia por enriquecimiento ilícito, el jefe de Gabinete metió una rectificación patrimonial obscena a horas de que ruede la pelota. El plan maestro de un sinvergüenza que apuesta a la amnesia colectiva para que los goles tapen una mentira alevosa de medio millón de dólares en negro, ante el silencio cómplice de los hermanos Milei
Hay que reconocerle una cosa a Manuel Adorni: su timing para la inmoralidad es quirúrgico. No es casualidad, no es una desprolijidad de agenda, ni mucho menos un arrepentimiento honesto. Que el jefe de Gabinete haya esperado hasta la mismísima víspera del comienzo del Mundial para confesarle al país que es un evasor por él mismo reconocido y que «encontró» un pendrive mágico con 500.000 dólares en Bitcoin, es una jugada de un cinismo de manual. El plan es tan burdo como perverso: tirar la basura debajo de la alfombra justo cuando el país entero se calza la camiseta, se abraza a la ilusión futbolera y se sumerge en la hipnosis colectiva de los goles. Adorni especula con nuestra pasión, apuesta a la amnesia temporal de un pueblo entusiasmado con el fútbol para lograr que su impunidad pase de largo. Es un miserable «operativo olvido» diseñado para que los gritos de la tribuna tapen el olor a podrido de su declaración jurada.
La obscenidad del «ahorro en negro» en la cara de los laburantes
Lo que vimos en televisión cruzó todos los límites tolerables de la decencia pública. Con esa parsimonia ensayada y la soberbia que lo caracteriza, el tipo miró a la cámara y soltó, suelto de cuerpo, que toda la vida ahorraron en negro, como supuestamente hacen todos los argentinos. Hay que ser un verdadero sinvergüenza, un cretino sin el más mínimo rastro de escrúpulos, para justificar de esa manera un presunto enriquecimiento ilícito mientras la gente no tiene para pagar la luz. El abanderado de la moralidad liberal, el tipo que se pasó meses dándonos cátedra de transparencia y mandando a la AFIP a perseguir al monotributista que vende empanadas, resulta que tenía una fortuna paralela.
Su coartada es un chiste de mal gusto que toma por estúpido a todo el pueblo argentino a través de una cadena de milagros inexplicables. Primero, nos quiere hacer creer en la existencia de un pendrive «perdido» que de repente brota de un cajón con medio millón de dólares en criptomonedas. Segundo, casualmente ejecuta estas rectificaciones mágicas de las declaraciones juradas de los períodos anteriores justo cuando el fiscal Gerardo Pollicita y el juez Ariel Lijo le levantaron el secreto bancario. Y tercero, pretende que naturalicemos la aparición de casas en countries premium como Indio Cuá, departamentos en Caballito comprados con un préstamo de unas jubiladas, (si tenía 500.000 dólares, ¿por qué pidió prestado?) y supuestos acuerdos «de palabra» con desarrolladores inmobiliarios. Nos está cargando. Nos toma abiertamente por idiotas. Su relato de la billetera digital olvidada es una mentira más grandes que su botín, su declaración que no resiste un minuto de auditoría técnica, una farsa infantil con la que se nos ríe en la cara.
La complicidad de los hermanos Milei y el fin de la superioridad moral
Pero en este festival de la desvergüenza, Adorni no baila solo. Con su actuación, el jefe de Gabinete demostró que se le ríe en la cara a sus propios jefes. Se le ríe a Javier Milei y se le ríe a Karina, exponiéndolos como los monarcas de un reino de cartón donde la «motosierra contra la casta» era solo un eslogan para la gilada. Al sostenerlo en el cargo, al avalar este delirio místico del pendrive de la fortuna y el blanqueo por distracción, el Presidente y su hermana se convierten en cómplices absolutos de una farsa monumental.
¿Dónde quedó la pureza ideológica? ¿Dónde está el castigo a los privilegiados? La mentada ley de inocencia fiscal no era para liberar al país, terminó siendo el escudo protector para que los muchachos del Gobierno blanqueen sus deudas y sus billetes termosellados sin dar explicaciones.
Que la pelota no tape la infamia
Hoy arranca el Mundial, es verdad. Vamos a gritar los goles, vamos a sufrir y a abrazarnos. Pero el desafío ético de esta sociedad es no permitir que la pasión futbolera nos convierta en los tontos útiles de este delincuente de guante blanco. Manuel Adorni representa lo peor de la política criolla clonada bajo el formato de un tuitero pretencioso: el tipo que usa el Estado para enriquecerse, que miente de manera obscena cuando lo acorrala la Justicia, y que encima planifica el anuncio de su propia trampa esperando que el fútbol le limpie la culpa.
El partido de Adorni no se juega en la cancha, se juega en los tribunales de Comodoro Py. Y ahí, por más que intenten diluirlo con el fixture, el veredicto de la sociedad ya está escrito: este Gobierno se acaba de hundir en el mismo barro de la impunidad que prometió combatir. Fin de la farsa.