El discurso de Javier Milei combinó balance selectivo, cruces con la oposición y gestos políticos discutibles en un contexto social delicado, dejó la impresión de un Gobierno más enfocado en los agravios que en explicar cómo piensa resolver los problemas de fondo
En la apertura de sesiones en el Congreso, el presidente Javier Milei volvió a dejar en claro que su principal combustible político sigue siendo la confrontación. Lo que debía ser el discurso institucional por excelencia terminó atravesado por un tono áspero, con ataques directos a diputados y senadores opositores que, más que fijar agenda legislativa, reforzaron el clima de trinchera que domina la escena pública.
La dinámica en el recinto tampoco ayudó. Los gritos y chicanas desde las bancas opositoras, previsibles en un contexto de alta polarización, encontraron a un Presidente que quiso en un principio mostrarse entero, pero cayó en la trampa que el mismo invento, entró en un toma y dame con la oposición y no se lo notó bien. Hubo pasajes en los que se lo notó nervioso, descolocado, saliendo del libreto, con respuestas espasmódicas que diluyeron el hilo argumental. La imagen que quedó no fue la de un jefe de Estado conduciendo el clima político, sino la de un dirigente más parecido a un puntero pidiendo a sus bloques que lo vitorearan para sentirse fuerte.
En materia de balance, el mensaje volvió a ser selectivo. Milei enumeró algunos datos que el oficialismo exhibe como logros —el frente fiscal, una baja de la inflación y algunos indicadores de estabilidad—, aspectos que forman parte del cuadro económico. Pero el diagnóstico quedó a la mitad: no hubo reconocimiento del cierre de miles de empresas y pymes durante su gestión, ni de la caída sostenida del consumo, ni del deterioro del empleo. Cuando el repaso de gestión omite los costos sociales más visibles, deja de ser balance para convertirse en relato.
Tampoco hubo una sola mención a la situación del gendarme Emanuel Gallo ni a su liberación en Venezuela,- ¿gracias a la gestión de la AFA?-, un tema que en las últimas semanas había generado repercusión política y mediática. El silencio en un discurso que pretendía mostrar integralidad terminó reforzando la idea de una intervención más enfocada en la disputa que en la rendición de cuentas.
Uno de los momentos más comentados fue el agravio dirigido a la diputada Myriam Bregman, a quien calificó como “chilindrina troska”. El episodio, más allá de la lógica de provocación que caracteriza al Presidente, dejó un sabor innecesario: el recurso a la descalificación personal —y en particular hacia una dirigente mujer— proyecta un sesgo que bordea lo misógino y empobrece la calidad del debate público.
La escena final también dejó un contraste difícil de pasar por alto. Tras la jornada, el mandatario invitó a sus bloques aliados a compartir una comida en la Quinta de Olivos, un gesto presentado como cierre celebratorio. En un contexto social marcado por ajustes y llamados permanentes a la austeridad, la postal resultó, cuanto menos, polémica: más que un gesto institucional, pareció un festejo en un momento donde buena parte de la sociedad está lejos de tener algo que celebrar.
La investidura presidencial merece respeto; el análisis crítico de quien la ejerce, también. Pero si algo dejó esta apertura es la sensación de un Gobierno más concentrado en la confrontación que en la construcción de consensos.
Porque el país no se gobierna a los gritos ni a fuerza de insultos. Se gobierna con gestión, con resultados y con diálogo político efectivo: tres dimensiones que hoy siguen siendo, para Milei, una materia todavía pendiente de aprobar.