En esta jungla de asfalto y desesperanza, donde el hambre tiene cara de perro y la paciencia se agota como el agua en la sequía, hemos asistido al espectáculo más bizarro de la zoología política contemporánea. Tenemos un ejemplar que no se conforma con su humanidad; él se autopercibe monarca de la selva. Un therian de peluquería y grito destemplado que ha construido su carrera sobre la base de un rugido ensayado y una melena que parece vibrar al ritmo de las fuerzas celestiales.
El problema de los que se creen fieras es que suelen confundir la autoridad con el hambre ajena. Nuestro protagonista, convencido de su impunidad, decidió que la mejor forma de «salvar» a la fauna era invitarlos a un festín digital. Con el aura de quien posee una verdad revelada, empujó a la manada hacia el precipicio de una estafa de esas que huelen a futuro pero dejan el presente en ruinas. Prometió una moneda mágica, un refugio de valor que terminó siendo un pozo ciego donde cayeron los ahorros de los más incautos. Actuó como el cómplice de lujo en un esquema donde el «león» ponía la cara y los buitres se llevaban el botín.
Lo más cínico del asunto es la narrativa de la invencibilidad. Se paseó por los senderos de la selva con la soberbia del que se cree dueño del destino ajeno, convenciendo a miles de que entregaran sus últimas reservas en nombre de una libertad que, curiosamente, solo liberó a los estafadores de sus deudas. Se sintió impune, blindado por esa autopercepción de depredador alfa que no debe explicaciones a las presas. Pero, la realidad es una cazadora mucho más implacable que cualquier delirio místico.
Hoy, cuando el escándalo estalla y los damnificados empiezan a afilar las garras de la indignación, el fenómeno biológico es fascinante. La melena se encoge, el rugido se vuelve un hilo de voz y la ferocidad en sus redes sociales se disuelve ante la primera citación de la cordura. Aquel que se decía león termina revelando su verdadera naturaleza: un gatito asustado que busca refugio debajo de las alfombras del poder, mientras los que creyeron en su fábula miran sus cuentas vacías. Resulta que el Rey de la Selva no era más que un tierno animal doméstico jugando a ser peligroso con la plata de los demás.